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El Gobierno celebró el triunfo del candidato de Evo y suma un aliado en la región

Después de una cadena de traspiés en materia de política internacional, el gobierno de Alberto Fernández festejó como propio el triunfo de Luis Arce en las elecciones presidenciales de Bolivia y suma un aliado en la región para tratar de fortalecer el eje con Andrés Manuel López Obrador.

Todavía sin resultados oficiales pero con el triunfo en primera vuelta del candidato impulsado por Evo Morales reconocido casi de manera unánime dentro de Bolivia, el presidente argentino salió a celebrar la victoria a diferencia del resto de los mandatarios de la región que mantienen el silencio.

“La victoria del MAS en Bolivia no solo es una buena noticia para quienes defendemos la democracia en América Latina; es, además, un acto de justicia ante la agresión que sufrió el pueblo boliviano”, escribió Alberto en su cuenta de Twitter.

También Cristina Kirchner celebró “gran triunfo popular” de Arce y Evo Morales. “La Patria Grande feliz”, destacó la vicepresidenta.

En la misma línea se expresaron Santiago Cafiero, que consideró el triunfo de Arce “un mensaje esperanzador para nuestra América Latina”, y el canciller Felipe Solá que remarcó que “Argentina no reconoció nunca a los golpistas transformados en gobierno de facto”, aunque el gobierno de Mauricio Macri sí lo había hecho.

Con el giro político de Bolivia, el gobierno de Alberto finalmente logra sumar un aliado en la región, algo que no había podido conseguir en Uruguay donde apostó sin éxito a un triunfo del Frente Amplio.

Argentina había quedado en una posición muy minoritaria dentro de la región y la Casa Rosada apostó a fortalecer el eje con Andrés Manuel López Obrador, aunque hasta aquí ambos fallaron en sus intentos de imponer primero un candidato en la OEA y luego en la presidencia del BID.

La idea argentina era fortalecer el liderazgo regional de López Obrador a través de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), como un contrapeso a la OEA y el Grupo de Lima, controlados por EEUU. Pero además de la falta de músculo político, el mexicano nunca tuvo la intención real de convertirse en un líder alternativo a Trump en la región, acorde a la tradición diplomática de México y a las necesidades propias de su gobierno de tener una relación armónica con EEUU.

Fuente: LPO

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