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El papa Francisco pide que el dolor de la pandemia no sea “inútil” y llama a la humanidad a renacer sin la “cultura de los muros”

En la tercera de las encíclicas de sus siete años de pontificado, publicada este domingo, el Papa propuso la fraternidad y la amistad social para “hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial”.

A esas aspiraciones de construir una “aventura común de la vida” que “haga renacer entre todos un deseo mundial de humanidad”, el extenso documento que el sábado Francisco firmó viajando a Asís, en la tumba de San Francisco, el argentino Jorge Bergoglio contrapuso un profundo análisis crítico de la actualidad y se concentró sobre todo en el primero de los ocho capítulos de la encíclica titulada “Hermanos todos”, que cita una frase de San Francisco.

El Papa hizo una amarga descripción de “las sombras de un mundo cerrado” sobre el que ha irrumpido la pandemia del coronavirus que obliga a plantear en términos globales y urgentes una reconstrucción del mundo que “deberá venir de abajo y de a uno” porque “hay que pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo”.

Francisco sostuvo que “sería infantil” esperar todo de los que nos gobiernan. “Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones”.

El Papa criticó también la sociedad globalizada “que nos hace más cercanos pero no más hermanos”. Destacó que “estamos más solos que nunca en este nuevo mundo”. Y dijo que hay nuevas formas de colonización cultural que licuan la conciencia histórica y “no hay un proyecto para todos”.

La guerra, una amenaza “constante”

Una buena parte del séptimo capítulo de la encíclica, que es el documento más importante en la jerarquía de las enseñanzas pontificias, está dedicado a la guerra. “No es un fantasma del pasado sino una amenaza constante. Representa la negación de todos los derechos, el fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal”, remarcó.

La preocupación del pontífice por la posibilidad de una guerra de alcances mundiales le hizo señalar a Bergoglio que “se están creando las condiciones para la proliferación de guerras”.

“Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar una guerra entre las naciones y los pueblos”, agregó.

Francisco explicó que “fácilmente se cae en la interpretación demasiado amplia del posible derecho a una opción militar”. Pero a partir “del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, se dio a la guerra un poder destructivo fuera de control”.

El Papa negó la realidad de justificar una “guerra justa” y señaló exaltado: “Nunca más la guerra”.

En cambio pidió la creación “de organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, la erradicación del hambre y la miseria y la defensa cierta de los derechos humanos elementales”.

La ONU, la pandemia y la fraternidad

El Papa argentino pidió la reforma de la Organización de las Naciones Unidas, que agrupa a casi doscientos países del mundo. También reclamó “una arquitectura económica y financiera internacional para que se dé una concreción real al concepto de familia de las naciones”.

Bergoglio rogó también que el dolor de la pandemia “no sea inútil”, reivindicando “la corresponsabilidad de todos en la rehabilitación de las sociedades heridas”.

En la encíclica, Jorge Bergoglio reclama un renacimiento de la humanidad “más allá de las fronteras” y pide superar “la cultura de los muros”.

“Ojalá que tanto dolor (se refiere a la pandemia) no sea inútil, que demos un salto hacia una nueva forma de nueva vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado”.

Francisco reclamó el ejercicio de “una fraternidad abierta a todos, más allá de sus convicciones religiosas, que permita construir un mundo nuevo, que permita reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite”.

Advirtió además que “pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de caer aún más en un fiebre consumista y en nuevas formas de preservación egoísta”.

Bergoglio analizó en la encíclica los dramas más difíciles de la sociedad, en los que aparecen la globalización, la pandemia, el descarte mundial de los más pobres y marginados, la pérdida de los derechos humanos, la deshumanización de las fronteras con el rechazo de los inmigrantes y refugiados.

Invitó a la gente a ser “buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos en vez de acentuar odios y resentimientos”.

“Los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se han debilitado, del mismo modo que el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas”, aseguró.

Francisco escribió en el documento que en el mundo de hoy impera una “indiferencia cómoda, fría y globalizada hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en el mismo barco”.

El Papa contrapuso también la amistad social, definida como “una condición de posibilidades, una verdadera apertura universal”.

También acusó a las sociedades que se comportan como mercados “donde las personas cumplen roles de consumidores o espectadores”. Y destacó “el avance del globalismo que favorece la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos”.

Los migrantes y la deuda externa

La encíclica contiene también una extensa defensa de los migrantes y resalta la cuestión de la deuda externa, que debe ser pagada sin comprometer el crecimiento y la misma subsistencia de los países más pobres.

El documento, además, “rehabilita la política”, convocado al mundo a hacer frente a las consecuencias de la pandemia y a la necesidad de “hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial”.

Un capítulo está dedicado a “la mejor política”, que “debe estar al servicio del bien”. El sexto capítulo aborda “el dialogo y amistad social” en el que defiende que el verdadero diálogo “es el que permite respetar el punto de vista del otro, sus intereses legítimos y, sobre todo, la verdad de la dignidad humana.

Finalmente, el Papa dedicó un amplio espacio al valor y la promoción de la paz y en el último capítulo auspició el desarrollo y encuentro de las religiones puestas al servicio de la fraternidad en el mundo.

Fuente: Clarín

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