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La crisis educativa hipoteca el desarrollo y tapona el ascenso social | Carlos Sagristani

La pandemia y el encierro prolongado como respuesta empeoraron las carencias del país. En todos los órdenes. Pero la crisis sanitaria ha sido también funcional al vademécum de las excusas.

La educación es tal vez el mejor ejemplo. El cierre forzado de las aulas y la precariedad de los recursos tecnológicos para articular un esquema razonable de educación a distancia agravaron el deterioro.

Los últimos relevamientos desnudan problemas estructurales que crecen como una gangrena social.

El Observatorio Argentinos por la Educación aportó evidencias. El 90% de los adolescentes inicia la secundaria. El ingreso es masivo. Pero sólo 16 de cada 100 estudiantes termina el ciclo a tiempo y con los conocimientos satisfactorios. Y 50, según datos oficiales en este caso, deserta antes del egreso.

En Córdoba las últimas pruebas Prisma muestran en el nivel medio –el más próximo a las oportunidades laborales– un desempeño mediocre en lengua y decididamente malo en matemáticas.

El dato es consistente con una tendencia que se verifica en la formación superior. En 2019 egresaron de las universidades 60.500 graduados en ciencias sociales, 2.300 en ciencias básicas y apenas 243 en matemáticas.

Faltan recursos humanos para la investigación y el desarrollo, y para las actividades que requieren conocimientos tecnológicos, el motor de la economía global del Siglo XXI. Decisivo para la generación de valor, y de empleos de calidad bien remunerados.

El capital humano equivale a cuatro veces el valor del capital físico de un país, según un estudio del Banco Mundial publicado hace ya una década.

En los malos resultados educativos de la Argentina se combinan diferentes factores. Uno cuantitativo, la insuficiencia de la actividad escolar. Estados Unidos tiene 973 horas de clase al año, Chile 1.026, Argentina 720. Es un mal punto de partida. Pero los expertos subrayan que el sesgo más negativo en el pobre rendimiento de los alumnos proviene de un diseño pedagógico fallido y una capacitación inapropiada de numerosos docentes.

Mariano Nadorowski –uno de los autores del trabajo de Argentinos por la Educación y la Universidad Di Tella– señaló en este programa que de los 16 que terminan el ciclo medio en tiempo y forma, ocho pertenecen al tercio socioeconómico más alto, cinco al medio y sólo tres al más bajo. Diez cursan en escuelas privadas. Y 13 son hijos de madres con estudios universitarios o egresadas de la secundaria.

El entorno económico y cultural de las familias condiciona la terminalidad y la eficacia en el aprendizaje de los jóvenes. Las desigualdades sociales derivan en desigualdades educativas. Y el mal funcionamiento del sistema tiende a reproducir esa brecha de generación en generación.

El fracaso educativo hipoteca el desarrollo económico y obstruye el ascenso social. Sin embargo, no figura en la agenda política.

A la dirigencia la movilizan las disputas de poder, a veces domésticas. Y sólo políticas públicas de resultados inmediatos, palpables en votos. Las transformaciones educativas son procesos de mediano y largo plazo. No “garpan”.

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