La extraña nube donde habitan los pensamientos de Mauricio Macri y Cristina Kirchner | Por Ernesto Tenembaum

En la semana que termina, el ex presidente Mauricio Macri advirtió, en una declaración conjunta con otros referentes de la centroderecha latinoamericana, sobre el peligro de que “el populismo” aproveche la crisis sanitaria para avanzar sobre las libertades individuales. Casi al mismo tiempo, la ex presidenta Cristina Kirchner amenazó con derramar sangre si la Corte Suprema no obedecía uno de sus planteos. Los dos puntos de vista serían extraños en un contexto normal. Pero, en estos mismos días, la inmensa mayoría de los argentinos temen por su vida o por su subsistencia, abrumados por un largo período de encierro, y por imágenes muy angustiantes que provienen de unidades de terapias intensivas, de países vecinos, de cárceles, de geriátricos, de barriadas populares. Mauricio Macri y Cristina Kirchner, los dos líderes que marcaron el ritmo argentino en la última década larga, están en otra dimensión, como si nada de eso les llegara.

El acercamiento de ambos ex presidentes a los desafíos que impone la pandemia, en realidad, no es una cuestión de las últimas horas. Desde el comienzo, exhibieron un registro muy particular. Se trata de personas con influencia en sectores amplios de la sociedad. Ambos tuvieron manifestaciones públicas. En ninguna de ellas se refirieron a los padecimientos que está sufriendo la población, ni se sumaron a las campañas para que la gente se cuide, algo que hubiera aportado mucho. Al contrario, en un caso y en el otro, en privado y en público, continuaron enredados en sus propias obsesiones.

La declaración que Macri firmó esta semana es un ejemplo de ello. En todo el mundo occidental existe una tensión entre defender la vida y defender la libertad. Algunos de los Estados con mayor tradición democrática del planeta han tomado decisiones que restringen la capacidad de circular, de manifestar, de trabajar, de llevar la vida que elijamos. Policías, militares y gendarmes patrullan las calles de la democracia y recuperan un rol central que no les corresponde. Se utilizan aplicaciones para monitorear la salud de la gente y el recorrido que hace cada persona en nombre de la salud.

Esos dilemas son reducidos por Mario Vargas Llosa, Mauricio Macri y otros a una tentación “populista”, no a un desafío general. Pero, además, al identificar los gobiernos dispuestos a transformar democracias en dictaduras con la excusa de la crisis, señalan al español, conducido por el socialista Pedro Sánchez y al argentino, conducido por el peronista Alberto Fernández. “En España y la Argentina dirigentes con un marcado sesgo ideológicos pretenden utilizar las duras circunstancias para acaparar prerrogativas políticas y económicas que en otro contexto la ciudadanía rechazaría resueltamente”.

La verdad es que las personas que amamos la democracia estamos preocupados en estos tiempos por las provocaciones y amenazas de otros líderes, como Donald Trump y Jair Bolsonaro, que amenazaron directamente con cerrar sus Parlamentos, entre otros delirios: dos aventureros que están causando tragedias terribles en sus países. Esas dos omisiones, en el texto firmado por Macri, son realmente reveladoras. ¿Le preocupa la democracia o qué es lo que le preocupa?

Así como a un persona enferma se le restringen sus libertades, cuando la sociedad es atacada por un virus se restringen las libertades de todos. Eso decidieron el demócrata Andrew Cuomo en Nueva York, Emmanuel Macron en Francia, Angela Merkel en Alemania, Giuseppe Conte en Italia, Horacio Rodríguez Larreta en la ciudad de Buenos Aires. Todos esos líderes entendieron que, en estos meses, el enemigo de la humanidad no es ni el populismo ni el neoliberalismo: es un virus que mata a mucha gente. Y entonces, se dedican a organizar a sus sociedades para proteger a las víctimas. Macri, en cambio, sigue enredado en sus pelas.

En toda la crisis, el ex Presidente solo se expidió dos veces. La otra fue cuando dijo que “el populismo mata más que el coronavirus”. Los dirigentes de Cambiemos que pudieron verlo se sorprendieron por su actitud displicente: en los comienzos de la crisis planteaba su admiración por Boris Johnson y su decisión de no cerrar la economía. Las consecuencias de ese enfoque se cuentan hoy en más de 20 mil muertos.

Lo que ocurre con Cristina Kirchner no es menos llamativo. Gestionar una pandemia es, realmente, dificilísimo: explotan problemas gravísimos a cada paso. En comparación con eso, organizar una reunión de 72 senadores parece una pavada. Ante el primer desafío, enorme, la Argentina se mueve en un territorio de acuerdo y relativa serenidad. Ante el otro, insignificante, esa pavada terminó en un escandalete inverosímil. Cristina le exigió a la Corte un pronunciamiento muy discutible. Al suponer que la Corte se lo iba a rechazar, una de sus colaboradoras, Graciana Peñafort, escribió un hilo de tuits donde amenazaba a la Corte con un párrafo demencial.

“Es la Corte Suprema quien tiene que decidir ahora, si los argentinos vamos a escribir la historia con sangre o con razones. Porque la vamos a escribir igual”, pronosticó Peñafort. Y Cristina Kirchner, en medio de la pandemia, recomendó que todo el mundo leyera el texto de su colaboradora. No es ilógico que con ese tono sea difícil organizar nada. La Corte sostuvo que no era su tema y que el Senado debía sesionar como le parezca, y CFK emitió un tuit para proclamarse triunfadora de esa batalla imaginaria. Su gente la celebró en Twitter, como celebran cualquier cosa que hace.

Mientras tanto, en el planeta Tierra, los gobernantes de la Argentina debatían cómo continuar la cuarentena, y enfrentar desafíos dramáticos que provenían de hospitales, geriátricos, cárceles, barrios populares, donde se juega la vida y el sustento de millones de personas.

Desde el comienzo de la crisis, al igual que Macri, Cristina Kirchner estuvo ausente. De hecho, se fue a Cuba cuando ya existían serias restricciones para el movimiento de los argentinos, y volvió cuando ya nadie podía volver. Al volver de Cuba, la vicepresidente escribió un hilo de tuits donde se quejó, indignada, porque cuestionaran su decisión de estar cerca de su hija.

Millones de argentinos están impedidos por la cuarentena de estar cerca de sus madres, padres, hijos, nietos, que atraviesan momentos difíciles. Ella, como otras figuras públicas, aprovechó sus privilegios. Hasta el día de hoy, ¿alguien tiene idea sobre si Cristina Kirchner, o Macri, apoyan la decisión del Gobierno de pedirle a los argentinos que se queden en sus casas?

Las batallas imaginarias de ambos reflejan que en la política argentina, en los últimos meses -tal vez antes aun que el estallido de la pandemia- se han superpuestos dos dinámicas. En una de ellas, la tradicional, existe un enfrentamiento entre dos fuerzas políticas, el peronismo y Cambiemos. En esa lógica, Alberto Fernández y Cristina Kirchner, enfrentan a Mauricio Macri y a Horacio Rodríguez Larreta. Pero, al mismo tiempo, hay otra tensión que enfrenta a los moderados de cada fuerza con los ultras que presionan desde las sombras. En esta otra lógica, el Presidente y Rodríguez Larreta disputan contra Cristina Kirchner y Macri, que intentan una y otra vez imponer el tono rupturista y conflictivo, que se impone en las redes sociales, y solo en las redes sociales.

En medio de la crisis, hay personas que calman, o al menos lo intentan, y otros que exasperan. Algunos intentan hablarle a toda la sociedad y otros a sus hooligans que los aplauden. Con sus dudas, sus comités de expertos, sus equivocaciones, sus aciertos, sus correcciones, los moderados intentan aplicar un criterio práctico y prudente, en medio de una situación desesperante. Los otros agitan: solo en la agitación encuentran una razón de ser. Demasiado costo pagó, y está pagando, el país por líderes que privilegiaron las bravuconadas a la gestión. Tal vez la experiencia de estas semanas empiece a generar cambios positivos en la manera en que los políticos más serios de ambas fuerzas conducen el país.

Pero para pensar en eso, y en tantas otras cosas, aun falta una eternidad.

Fuente: Infobae

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