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Soy Adam Smith | Por Lucas Casadey

¿Cómo reaccionaría el ideólogo del liberalismo económico si viviera hoy y escuchara a quienes dicen aplicar sus preceptos en la Argentina?
-Soy Adam Smith, escocés orgulloso, al que la Academia responsabilizó de ser el ideólogo principal del liberalismo económico. Tamaña carga para mis espaldas. Les cuento que viví entre 1723 y 1790, a pesar de lo cual sigo teniendo vigencia en Argentina en las discusiones políticas diarias, para bien o para mal. Hablan de mí, pero pocos conocen mis ideas. Al igual que lo que ocurre con Maquiavelo, siento que todos me citan de día, pero nadie me lee por las noches.

Primeras observaciones

Nací en Kirkcaldy, una bella aldea de pescadores en la región de Fife, cercana a Edimburgo. Las vistas desde la bahía son únicas. Su riqueza ictícola es envidiable y hay algo de agricultura. La única actividad manufacturera que pude conocer era una fábrica de alfileres, lugar que se transformó en mi segunda casa. No me gustaban los deportes; tampoco jugar con otros chicos de mi edad. Me aburrían sus niñadas; mi diversión pasaba por observar durante horas cómo trabajaban los empleados de la fábrica. Era apasionante cómo estiraban el alambre, afinaban la punta y esmaltaban la cabeza de los alfileres. Allí descubrí la importancia de la división del trabajo y la producción en serie, a lo cual le dediqué buena parte de mis estudios.

Mi padre era inspector de aduanas, gran defensor del proteccionismo. El pobre murió joven, lo que evitó que se angustiara por mis ideas, tan opuestas a las suyas. Quedé bajo la tutela de mi madre, Margaret Douglas, quien era hija de un hombre acaudalado, lo que me facilitó estudiar en colegios importantes. Con ella y mi prima Janet compartí toda la vida, hasta el mismísimo final.

Más allá de la economía

En 1748 me embarqué a Edimburgo, donde por tres años me permitieron dictar conferencias públicas sobre retórica, economía y letras. La verdad, no podía creer semejante e inmerecido halago. Reconozco que en la Universidad de Glasgow tuve fuerte influencia de Francis Hutcheson, un destacado profesor de Filosofía Moral.

Precisamente por mi apego a la filosofía moral estoy bastante enojado con los que me encasillan como “economista”.

Mi pensamiento iba más mucho más allá de la cuestión mercantil, y mi vida rondaba en el estudio de aquello que moviliza la conducta humana.

Pude descubrir que los hombres actúan impulsados por el amor a sí mismo, la simpatía, el deseo de ser libre, el sentido de la propiedad, el hábito del trabajo y la tendencia al cambio de las cosas. Y lo más curioso, mientras buscaban su propio provecho, de manera egoísta, una mano invisible los guiaba a alcanzar el bienestar general.

Algunos piensan que la mano invisible a la que me refería era Dios, o algo parecido. Pero no. Lamento desilusionarlos, era sólo una metáfora para exponer mis ideas de una manera sencilla. Ni yo, ni ningún otro ilustrado del iluminismo, habría sido capaz de citar a Dios para sostener sus teorías.

A pesar de mis distracciones, me nombraron Decano en Glasgow. Un año más tarde publiqué lo que considero mi obra principal, La teoría de los sentimientos morales. Allí insistía sobre la necesidad que la armonía se mantenga y no se obstruya por una intervención dirigista.

Pero no dejo de reconocer que pasé a la historia con Investigación sobre las causas y naturaleza de la riqueza de las naciones. Seguramente porque tiene una prosa llana, fácil de leer.

Pensar que el gran Karl Marx, a quien no tuve el placer de conocer por falta de contemporaneidad, quiso utilizar mi teoría del valor para darle solidez a la Plusvalía.

Si bien yo sostuve que los productos tenían valor por el trabajo acumulado en ellos, él soslayó pícaramente que estaba refiriéndome al estado primitivo de la sociedad, aquel que precedió a la acumulación del capital y a la apropiación de la tierra.

Pero lo entiendo, era una buena manera de darle consistencia a su teoría de la explotación.

Relaciones peligrosas

Leyendo historia argentina me enteré que lograron relacionarme con la política económica de un tal Adalbert Krieger Vasena, en la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Que para descalificarme también me vincularon a José Martínez de Hoz en el proceso militar que comenzó en 1976, y con Alsogaray en la época de Carlos Menem. Tremendo error.

Amén de que ninguno de ellos siguió mis ideas, jamás hubiera apoyado un golpe de Estado.

¡Cómo no estar allí en persona para hacer tronar mi verdad y no ser sometido a semejante escarnio público!

Sé que ahora anda un personaje histriónico tratando de representarme, un tal Javier Milei. Viendo su foto, la verdad es que sólo nos parecemos por la profusa cabellera, aunque es de reconocer que yo la tenía bastante más arreglada.

Además, se regodea en distintos programas de televisión intentando mostrar las bondades del liberalismo, pero usa un estilo agresivo, impropio de la ideología que dice representar.

Aprovecho para recordarle que el siglo 21 es más complejo. En mi época no existía el poder de los sindicatos. Y querer implosionar al Banco Central es un error de principiante.

Yo jamás arremetería contra alguien por pensar diferente. Ese es el valor fundamental de los liberales.

Estatua propia

Podría sintetizar que mi pensamiento flota en el concepto de libertad que tenían los antiguos, la autonomía y el respeto. Yo no sólo procuraba asegurarles a los hombres la disposición y expansión de sus libertades, sino también garantizarles a través de instituciones sólidas, los goces privados.

El 17 de julio de 1790, acompañado de injustos honores, llegó mi final. Tenía 67 años. Una pena que la vida haya pasado tan rápido. Aún me sentía útil, con la cabeza fresca y la mente abierta.

Contra mi voluntad me enterraron en el cementerio Canongate Kirk, en la ciudad de Edimburgo. Hubiera deseado quedarme en Kirkcaldy, cerca de los pescadores y la fábrica de alfileres. Lamentablemente no me permitieron decidir, y quedó allí solo una placa que me recuerda.

El 4 de julio de 2008, 218 años después de mi muerte, inauguraron una estatua de bronce con mi figura. Está bien lograda, con un talante que agradezco a los escultores. Tiene tres metros y medio de alto.

Está ubicaba en la Royal Mile, la calle más importante de Edimburgo. Como era de suponer, fue financiada por fondos privados.

Allí espero a los turistas argentinos. Las fotos son sin costo.

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Lo que acabo de ver es..
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